EL PECECILLO DE ORO | CUENTOS POPULARES


Un pobre pescador vivía al borde de los acantilados, en una vieja y pequeña cabaña. Su esposa siempre estaba de mal humor, y no paraba de regañarlo, quejándose constantemente porque no traía pesca suficiente para comer, a pesar de que el pobre lo intentaba, día tras día.


El Pececillo de Oro


EL PESCADOR QUE SALVA LA VIDA AL PECECILLO DE ORO

El pescador se sentó al borde del mar, sobre las rocas. Aunque esta vez, nada más echar el anzuelo un hermoso pez quedó atrapado en él. En esta ocasión, tuvo mucha suerte, así que su mujer estaría feliz durante ese día. Era, en verdad, el pez más hermoso que había visto nunca, porque parecía de oro. 

Cuando se dispuso a quitarle el anzuelo, para su asombro, el pez le habló: "Apiádate de mi, buen hombre. Soy un pez muy especial, y puedo hacer que tus deseos se cumplan. Si me dejas en libertad lo podrás comprobar por ti mismo. Siempre estaré dispuesto a para ayudarte".

El pescador sintiendo verdadera lástima por aquel hermoso pez, lo devolvió al mar. Aunque su buen y noble corazón fue realmente el que le hizo arrojarlo al mar, y no por lo que le había dicho, si no que lo hizo como a un buen amigo. Sin embargo el pez de oro volvió a hablarle mientras se zambullía de nuevo en el mar: "No te arrepentirás de haberme dejado en libertad".

El buen hombre siguió pescando, pero ya no consiguió unos pescados tan hermoso para llevar a casa, sin embargo pescó tres pecaditos pequeños. Su mujer enfadada volvió a despreciar la pesca que había traído para comer. Aunque, él intento explicar a su esposa lo ocurrido, contándole que incluso pescó un pescado que parecía de oro, no consiguió calmar el enfado de su mujer.


LA AVARICIA DE LA MUJER DEL PESCADOR LA VUELVE A LLEVAR A LA POBREZA

Ella aprovechando la oportunidad, mandó a su marido a buscar a aquel pez de oro para éste le exigiera un regalo, como podría ser una casa nueva y que nunca más faltara comida en el hogar. El buen pescador no tuvo más remedio que salir corriendo de casa para ir a buscar al pececillo de oro.

El buen hombre volvió al acantilado y lo llamó desesperado. De repente, el pez de oro acudió a su llamada, además le dijo: "pídeme lo que desees, ya que te debo la vida". El pescador le explicó lo ocurrido con su mujer y le rogó una buena casa, además de que nunca les faltase comida.

El pescador volvió a su casa, y para su sorpresa descubrió que el pez de oro había cumplido su promesa. Ahora, poseía una hermosa casa, e incluso la comida no les faltaba. Además, tenían criados para servirles y recogerles la mesa ¡era increíble! Aquello era más de lo que había soñado el pobre pescador.

Pero, su avariciosa mujer, aquello le pareció demasiado poco, y quiso aún más, ya que no se conformaba con aquella hermosa casa, ni con la comida, no tan siquiera con los criados. Así, que no dudó en enviarlo de nuevo para que volviera a exigirle al pececillo de oro un palacio donde ella fuera reina, porque era lo que ella realmente se merecía, según sus palabras

El buen hombre volvió muy asustado al acantilado, ya que jamás había visto así a su mujer. Nuevamente, llamó al pez y le contó lo que su esposa le había exigido. Él le contestó: "no te preocupes, tu mujer tendrá lo que verdaderamente merece, así que vuelve a casa".

El pescador volvió a casa tal como el pez de oro le había dicho, pero su sorpresa fue, cuando se aproximo y vio la vieja casa donde anteriormente vivían. Su mujer enfadada sólo hacía refunfuñar: "¿Qué ha pasado? Ya no tenemos esa hermosa casa, ¡Volvemos a ser pobres!". De esta manera, el buen hombre comprendió las palabras del pececillo de oro.

Su mujer no dejaba de llorar delante de la puerta. Él se acercó a ella y le explicó exactamente lo que le había dicho el pez, que le iba a dar lo que ella realmente se merecía. Ella entonces comprendió que su ambición había hecho perder aquella casa tan bonita, y la comida abundante. 

El pescador, intentando consolarla le dijo: "No llores, mujer. Volveremos a ser felices con lo que poco que tenemos". Ella le miraba sin dejar de llorar desconsolada, aunque comprendiendo que la avaricia no es realmente un buen consejero.

Moraleja: Disfruta de lo que tienes, aunque sea poco, porque la avaricia rompe el saco, y acabas por perderlo todo. Así que amiguito confórmate con lo que mamá y papá pueden darte, porque a lo mejor no tienen suficiente ni siquiera para ellos mismos.

COPYRIGHT © LAS MEJORES FÁBULAS II/ Ed. Saldaña S.A./ 
MODIFICADO: LIDIA M,Y. | Foto Por Cortesía: Disney
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